Pinturas - vitraux

 

Vientos.

Seudónimo: Lis

 

Ella cruza corriendo la terminal, carga su mochila y a penas respira. Logra abordar el ómnibus que la espera. Una ráfaga le voló el alma y una piedra se atravesó en la garganta.

En todo el territorio cordillerano, el viento tiene entidad propia, su sola presencia moldea el carácter de los seres que lo habitan.

Escultor por excelencia, cincela con sus manos la roca… desflecándola en arena, para jugar con ella luego y dibujar arabescos en el paisaje.

El la observa. También va transformándose en cada sitio, puede ser nave dejando estelas  blancas sobre lagos helados o producir destellos en la mirada de quien camina por la ribera, alivia los latigazos de sol que arrecia menos.

Recorrer el país desde las altas cumbres, es recordar todo el tiempo a Neruda, en atajos del camino pedregoso y la pared de sangre, medianera con el rival geopolítico. La curiosa tesis de que la cordillera de los Andes dobla en Magallanes hacia el este y se sumerge en el Océano, sugiere la soberanía chilena sobre todo el Atlántico sur, incluso las Malvinas que serían un emergente cordillerano. Un argumento insostenible para quien conoce el relieve carbonífero de las islas usurpadas por Inglaterra. Ni argentinas, ni chilenas…

De todos modos el poema de Don Pablo no habla de esto, sino del alma mineral de la tierra madre y del espíritu cobrizo del hombre que se despeña en sus propios precipicios  insondables de silencio y lejanías.

La revolución garabatea en el pecho y se anuda como el llanto; ella sabe sobre la inmensa desolación y la memoria de la pobreza, recuerda…enroscada en el asiento del colectivo mientras recorre la Isla Chiloé.

Una larga hilera de casitas revestidas en madera, lucen sombreros centenarios con formas cónicas, sobrevivientes al paso del invierno y los vendavales provenientes desde el Océano, que de Pacífico no tiene nada.

Tantea en su bolsillo, mira sus ojos y ve la vegetación  esmeralda, como la corriente que trae a la costa las voces de otros hombres, pequeñas canoas sin temor al tiempo, perduran como aquellas esculturas de la Isla de Pascua… nariz aguileña, el vientre abultado, su sexo orgulloso, un sombrero como único signo de una cultura singular y la mirada perdida en el horizonte buscando nuevos sueños.

Llegados a Puerto Quellón, somnoliento después de la siesta dominguera, con sus locales cerrados y una modorra florecida por la persistente llovizna, en el cuartucho de un hotel, sólo se escuchó un trueno repetido y sin explicación.

Ella cruza corriendo el puerto, carga su mochila y a penas respira. Logra abordar el buque que la espera.